lunes, 10 de enero de 2011

Prohibido fumar en los bares

Como te digo una co....

Con la nueva ley antitabaco, los fumadores pueden ser considerados como delincuentes. Al fin y al cabo, el tabaco se vende de manera legal y luego no se puede consumir en ningún lugar que no sea el domicilio particular del fumador o la calle. Por si fuera poco lo de no fumar en centros de trabajo, la puntilla ha sido la de prohibirlo en bares y restaurantes. Lo primero fue totalmente correcto, ya que nadie tiene que aguantar el olor y el humo de nadie, pero en los bares.... No sé en otros países, pero la idiosincrasia de España se basa en el bar; lugar donde quedamos con los colegas a tomar un café y echar un pitillo. Se puede considerar un hecho cultural como la cerveza o el vino y nadie se le ocurre prohibirlo, como ya quiso cierta ministra. Es cierto que tanto humo podía resultar muy molesto y perjudicial y por ello ya teníamos la otra ley en la que había zona de fumadores y no fumadores ¿No fue suficiente? Además, con la dinero que habían invertido en adecuar los locales, ahora van y lo prohíben totalmente. Lo gracioso es que el tabaco se puede vender en lo bares, pero no consumirlo dentro del mismo, algo que es una pura contradicción. ¿Alguien entendería que te vendieran un pastel y tener que comerlo en la calle porque engorda y es malo para el colesterol? Yo creo que a los fumadores les están estafando con ese producto tan malo y tan nocivo, que, sin embargo, está legalizado. Es como si te venden carne en el supermercado y luego te dicen que es mortal. Vamos, que se llevarían una denuncia por parte del cliente. Por si tuviéramos poco con la crisis, ahora resulta que la hostelería se puede ver seriamente tocada. Algunos bares notan que va menos gente por esta ley que parece que quiere matar el bar como centro social. ¿Esto es democracia? Esto huele a los tiempos de dictadura, con tanta prohibición (que casualmente, fumar estaba permitido en todos sitios).


….te digo la o

El otro día salí de copas con los colegas y por fin pude entrar en ese bar del casco antiguo, donde hace años no podía ni dar un paso más allá de la puerta, al estar lleno de humo y con ambiente contaminado e irrespirable. Hasta los niños podían campear a sus anchas, en algo que parecía el paraíso donde antes era lo más parecido al infierno. La noche se me antojó como algo perteneciente a otra galaxia, ya que ni en los mejores sueños te imaginabas esos lugares sin humo y sin malos olores. Os puedo asegurar que todos los bares estaban llenos y cuando a alguno le entraba el mono, se veía obligado a salir y echar su preciado pitillo. ¿No se adaptaron a ello cuando prohibieron fumar en los trabajos? Bien que aprendieron a apurar el café del descanso, para ir a la calle a echar el cigarro. Ahora, lo del bar puede parecer un poco raro, pero la gente se está acostumbrando. Los no fumadores agrademos sobre todo el llegar a casa y que la ropa no huela. Y no digo nada los camareros que no probaban el tabaco y sin embargo, se convertían por obra y gracia en fumadores pasivos, con todo lo que ello conllevaba. Con esta ley todos salimos ganando y no digo nada el fumador, que ahora si que no fumará tanto si sale a la calle. Atrás quedarán esos fumadores chimenea que encendían un pitillo con el otro que tenían en la boca (hasta tenían una hendidura en el labio de tanto cigarro). Está demostrado científicamente, que de bueno no tiene nada y que todo son perjuicios para la salud. Así que, lo que nos vamos a ahorrar en Sanidad. Con la democracia, donde empieza la libertad de uno, acaba la del otro. Antes se podía fumar libremente, pero el no fumador no tenía libertad para no aguantar el humo. Ahora, con esta prohibición, empieza la libertad para el que no tenía culpa de no tener un vicio que de sano tiene poco.


domingo, 2 de enero de 2011

Reseña de Claire se queda sola (Marian Keyes)

Mi primer post del año va del último libro que leí el año pasado. Tenía ganas de leer de Marian Keyes, la nueva Danielle Steele de la literatura romántica-femenina. Al leer sólo una novela de la irlandesa, no puedo sacar todas las diferencias con la norteamericana (o bueno, estadounidense, que sino la Leti me mata...), pero de momento presiento que su literatura es de una calidad ligeramente inferior y la temática bastante diferente. Además, mientras Danielle Steele se rodea de lujo y belleza, Marian Keyes es más normal en ese sentido y sus personajes ni son tan perfectos ni tan demoniacos como los de Danielle (a la le gusta ese juego del bien y el mal que tanto nos enseñenaban en los juego infantiles).


Dejando las comparaciones a un lado, decir que este libro es el debut de Marian Keyes como escritora. Por este motivo, se nota una escritura demasiado sencilla, lo que puede dar lugar a cierto aburrimiento cuando lo lees. Es cierto, que muchas veces preferimos leer algo no demasiado complicado para no estrujarte los sesos; pero en este caso esa sencillez es abrumadora. Quizá sea tan fácil de leer, que puede sonar a demasiado infantil (no sería la primera vez que quiero releer mis lecturas infantiles, especialmente las de Barco de Vapor, y tengo que cerrar el libro por encontrarlo demasiado facilongo). Y eso, que aquí la lectura no es precisamente para niños, así que percibimos que su, llamémoslo sobriedad, se debe a un estilo con escasa calidad literaria.


El libro está escrito en primera persona, así que es la protagonista de la historia (Claire) la que se está dirigiendo al lector como si se tratase de un diario personal. Pero no nos encontramos con un diario al uso al estilo del soporífero Diario de Bridget Jones con sus fechas y sus días y lo que come y deja de comer, sino que Claire commienza presentándose a si misma, contando que es una chica irlandesa residente en Londres y cómo dejó de ser su vida perfecta justo el que es el día más feliz para toda mujer: el nacimiento de su hija. Justo ese día su marido la abandona por su vecina de arriba. Y no sabremos más de él, hasta más o menos la mitad del libro... Parece ser que ni al Registro Civil fue a inscribir a la neófita, ya que ni su nombre sabe... Sorprendentemente, ya no sólo pasa de la mujer, sino que la hija le importa un comino. Claire tiene que enfrentarse a su maternidad en solitario y para ello decide volver a su Dublin natal con su peculiar familia. Y aquí encontramos el gran fiasco del desarrollo de la historia, ya que la familia es presentada como una réplica de la familia Adms a la irlandesa: con una madre que no cocina y sólo ve culebrones, un padre que no pinta mucho y 2 hermanas a cada cual más peculiar (una es medio hippie y medio bruja y la otra es borde a más no poder). Con estos ingredientes, el pastel podía salir perfecto; sin embargo el resultado no pudo ser más pésimo: las risas lucen por su ausencia y las situaciones son más bien insustanciales y prescindibles. No son más que anécdotas que no van más allá de lo cotidiano en una familia de clase media de las de siempre. Al parecer, otras 2 hermanas de Claire, son protagonistas de sendas novelas (pero aquí son nombradas de paso).


Dejando atrás estos defectos, lo cierto es que con Claire empatizas: su decepción y perplejidad al principio, su posterior depresión post parto acompañada de alcohol y su resurgimiento final, hace que en todo momento la cojas cariño y sea lo que de verdad le importe al lector. Ella deja claro que no se trata de una novela rosa con final feliz y en ese sentido, son graciosos sus pensamientos cuando ciertos hombres quieran pedirle perdón. Ni que decir tiene que en la vida de Claire aparece un nuevo príncipe ázul o no tan ázul... Y sí, tiene un final féliz, pero es cierto que no suena a novela rosa. O bueno, quizá suene a lo mismo: la prota acaba bien (aunque el malo se lleva su merecido, eso sí).


En conclusión, nos encontramos con un debut algo fallido de Marian Keyes que no quita para que no vuelva a leer otros libros de ella.



Lectura facilitada por la Biblioteca Jovellanos de Gijón.


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